Salimos del aeropuerto sin las maletas y llamamos a Apex Rentals (la compañía en la que alquilamos el coche) para que nos recojan. No tienen oficina en el aeropuerto pero sí que tienen un “shuttle” que nos lleva a sus oficinas.
Nos lleva una chica muy agradable y nos llevamos el coche sin problemas. Eso si, les sorprende que cojamos las cadenas de nieve sin ir a esquiar… pero es que después de las nevadas de este invierno en España que cerraron la autovía A6, ya somos un poco paranoicos. No me gustaría quedarme atrapado en NZ sin comida, sin cobertura y esperando a que alguien me encuentre…
El coche es un Toyota Camry con cambio automático y amplio como un camión. ¡Ah! Tambien alquilamos el GPS.
Me toca conducir a mi y al principio se me hace complicado. Creo que es el coche más grande que he conducido, todo está al revés y el cambio automático y yo no nos entendemos bien (tengo tendencia a pisar el freno a fondo como si fuese el embrague).
Lo primero que me encuentro al salir de Apex es una incorporación y una rotonda (como aquí se conduce por la izquierda, en las rotondas se gira al revés que en España). Creo que es lo más difícil que te puede tocar hacer cuando conduces por el lado contrario… así que ha sido un buen entrenamiento.
Llegamos al hotel sin problemas siguiendo las indicaciones del GPS. Se hace difícil conducir a 100km/h por una autovía, pero “a dónde fueres, haz lo que vieres”.
La zona del hotel es céntrica, con edificios de oficinas pero poco sitio para aparcar. Así que contratamos el servicio de “vallet parking”: metemos el coche en el hotel y le damos las llaves a un conserje para que nos lo aparque. Primera vez en mi vida, pero mola. Sólo cuesta unos pocos dólares más (1-2 euros) que dejarlo en el parking, así que…
Cuando acabamos de acomodarnos es hora de cenar. Decidimos no esperar por las maletas, avisamos en recepción y bajamos al puerto a buscar un restaurante.
La verdad es que no es difícil. Los hay a cientos. Al final decidimos no entrar en el que ofrece “live spanish guitar”, pero entramos en el Euro bar.
Es un restaurante “chic” dónde nos llenan los vasos con agua de glaciar, hay velitas en las mesas y nos recitan la carta (sugerencias del chef incluidas). Nos decidimos por un risoto de salmón para mi y un filete (filetazo) de atún para Paula. Impresionante, aunque ya está oscuro (desde hace un buen rato… aquí el sol se pone sobre las 17:00) y con el jet lag somos como pajarillos… quedándonos dormidos sobre la comida.
Cuando llegamos al hotel (andando, aunque nuestro camarero se ofreció a llamar a un taxi) las maletas todavía no han llegado y en el teléfono de atención del aeropuerto no contesta nadie. Tras algunos intentos, la grabación telefónica me dice que nuestras maletas están localizadas y en camino… aunque no dice cuando llegarán (ya pasan -y bien- de las 18:00).
Paula se queda dormida (por suerte llevábamos algo de ropa -mia- en el equipaje de mano) y yo decido esperar un poco más por si acaso (aunque me quedo dormido en una silla). Finalmente, llaman de recepción: ¡¡Han llegado las maletas!! Y sólo son las 20:00…


