Salimos disparados del hotel (hoy tampoco toca desayunar) y nos vamos al ferry… está amaneciendo mientras nos acercamos. Hemos sido demasiado precavidos y llegamos de los primeros. No tenemos problemas para entrar porque los billetes del ferry los compramos junto con el alquiler del coche, así que sólo es enseñarlos y entrar a la terminal. Todavía no se pueden subir los coches (aunque el barco está atracado) así que nos ponemos en fila a esperar.
El amanecer sobre Wellington es precioso, ¡pero hace un frío que pela!
El conductor que se coloca detrás de nosotros tiene más experiencia y se ha traído un humeante vaso de… ¿te? ¿café? Posiblemente sea sólo café aguado del Starbucks, pero aun así me da envidia. Nosotros nos entretenemos comiendo galletas con “chocolate fudge”.
El ferry por dentro está muy bien. Tiene varias plantas con salas organizadas de diferentes formas… nosotros nos vamos a la cafetería “rápida” (hay otra que es más bien un restaurante, con bacon & eggs y todo lo imaginable) que, además, tiene pantalla gigante con los resúmenes del mundial.
Seguimos nuestra costumbre de café y muffin (siguen estando buenísimos, aunque sean comprados en un barco). Lo de pedir café no es tarea fácil… En NZ tienen muchas variedades… creo que va en función de la proporción de café y leche, además del tamaño. Nosotros hemos llegado a nuestra receta… para mi, un Latte y para Paula un Flat White. Hasta dónde yo puedo distinguir, los dos son el “café con leche” de toda la vida, pero el Flat White es más pequeño (algunos Latte son “tamaño piscina”).
Para matar el gusanillo e ir pasando el rato (son 3 horitas de barco), le añadimos unas patatas fritas “salt & vinegar”… Paula está enganchada a ellas.
Otro descubrimiento del viaje son los deportes neocelandeses (creo que se juegan en más sitios, pero en España yo no los había visto). Además del football (que no es el soccer) y el rugby hay otra variante en la que los jugadores son más pequeñitos (no son moles como los All Blacks) y en lugar de una portería en cada extremo, tienen 4 palos verticales. Algún día me enteraré de como se llama…
Pero el que más me ha llamado la atención es una especie de baloncesto femenino. Es muy curioso porque no se puede botar el balón (ni caminar con él, en eso es como el baloncesto) ni robarlo (hay que interceptarlo “al vuelo”). El efecto es que parece un juego de patio de colegio…
Pero no todo es tele.
Todo el barco está acristalado para ver el paisaje, además de tener terrazas exteriores. Será porque casi no uso los barcos, pero a mi me siguen encantando las vistas desde ellos… así que no soy muy objetivo al decir que la partida desde Wellington mientras el sol de invierno va subiendo (hemos tenido la suerte de disfrutar de un día soleado, después de la lluvia de ayer) es impresionante.
¡Pero la entrada en Picton a través de un fiordo es realmente sorprendente! Y eso que los fiordos impresionantes de verdad están mucho más al sur… Empiezo a relamerme pensando en cómo será el crucero por Milford Sound que tenemos dentro de unos días.
Sólo me da pena no haber visto un solo “bicho”. Ni delfines, ni pingüinos, ni ballenas, ni focas… sólo algunos pájaros (gaviotas, para quitarle más emoción). Yo tenían en mi mente una versión idílica de NZ como paraíso natural… pero no. No salen delfines a saludarte ni nadan junto al barco.
En Picton no paramos…. bajamos del ferry y nos fuimos camino a Blenheim, dónde hay un fábrica artesanal de chocolates que permite ver cómo los preparan (Manaka Confections).
Cuando llegamos, el efecto es sorprendente. Desde luego no es “una fábrica” tal como estamos acostumbrados… es una casita pequeña, más bien una tienda… dividida en dos por una mampara de cristal. A un lado, dos personas preparan albaricoques secos bañados en chocolate… y sí, es totalmente artesanal: mientras una los sumerge en chocolate líquido, la otra monta las cajas de cartón en las que se venden y los va colocando dentro. Al otro lado, un mostrador y estanterías llenas de los productos que preparan allí.
Llevados por los efectos adictivos del chocolate y las muestras gratuitas, nos llevamos medio kilo de chocolates variados, prometiéndonos probarlos esta misma tarde (sin embargo, todavía están sin abrir en mi equipaje de mano mientras volamos de vuelta hacia Londres).
Atravesamos Malborough en nuestra ruta hacia Picton. Aunque no paramos por aquí, es terreno de viñedos y bodegas. Muchos de los vinos de NZ se producen en este zona extrañamente plana, así que los catadores y aficionados quizá quieran planear una parada por aquí. Hay varias bodegas señalizadas en las carreteras principales, así que incluso debería ser fácil hacer una parada sobre la marcha.
De Malborough nos llevamos de recuerdo un “chinazo” en todo el cristal.
Un camión que venía de frente nos lanzó una piedra del tamaño de una pelota de golf y nos dejó un crater en el cristal. Aviso a conductores, muchas (casi todas) las carreteras tienen grava en la calzada y saltan piedrecitas cada vez que te cruzas con otro coche… recomendable la extensión del seguro para quitar la franquicia y ganar en “peace of mind” (nosotros la tenemos contratada).
Por suerte, es la parte baja y el cristal aguantó bastante bien… hemos decidido no avisar a nadie y seguir la marcha, Por un lado, no molesta para conducir. Por otro, nos da miedo que meternos en reparaciones nos retrase y tengamos que reorganizar el resto del viaje.
Anécdota sobre cristales: en la TV de Nueva Zelanda también tienen el anuncio de “Carglass cambia, Carglass repara”, pero aquí lo cantan como “Smith&Smith changes, Smith&Smith repairs” y usan actores diferentes (el anuncio en si es el mismo).
Camino a Nelson vemos los carteles de “cuidado, pingüinos”. Al parecer la zona anterior a Nelson está habitada por el pingüino azul… el más pequeño y que sólo se encuentra en Nueva Zelanda. No vemos ninguno, pero tampoco paramos en las playas de rocas… se ha levantado viento y las olas rompen con fuerza.
Por cierto, aprovecho para hacer una nota sobre las carreteras de Nueva Zelanda… algunas son criminales. El acceso a Nelson fue la primera “pista” de lo que nos quedaba por ver…
Tampoco entramos en Nelson. No es un viaje de ver pueblos (quizá allí los llamen ciudades, pero són sólo “aglomeraciones” de casitas de una sola planta).
En lugar de ello, nos vamos al Founders Heritage Park.
El Founders (como lo llaman para abreviar) es una reconstrucción de la “antigua Nelson”, de los tiempos de la colonización. Funciona sobre todo por voluntariado y “rescatan” edificios antiguos que van a ser demolidos y los transportan hasta el parque. Hay de todo… desde la oficina de correos y el banco al dentista.
Algunos de los edificios se alquilan como comercios… por ejemplo, la cervecería en la que comimos y que, además, produce su propia cerveza (artesanal, ecológica y etc…). En la parte de atrás se puede ver todo el “tinglao” con el que producen la cerveza… que no está mala, aunque no sea un catador experto. Por cierto, aquí a la cerveza apenas le ponen espuma… y la que ponen se deshace muy rápidamente.
Llegamos a Motueka a punto de oscurecer y nos vamos directos al Avalon Manor Motel. Tenemos una habitación grandota en una planta alta (hay que subir las maletas por las escaleras, pero al menos no pasa gente por delante de nuestra ventana).
La señora que nos atiende es muy parlanchina y, como el rey, campechana. Como los datos de la tarjeta de crédito que apuntó durante el check-in no eran correctos, nos dio un grito mientras mirábamos los paisajes desde el balcón (con 2 plantas, creo que estábamos en uno de los edificios más altos de Motueka) e intercambiamos la fecha de caducidad de la Visa a voces (la señora ya es mayor…).
Tras fantasear un rato con ir a cenar fuera mientras miramos las cartas de los restaurantes cercanos (algo habitual en los hoteles “de pueblo” neocelandeses.. tienen un dossier con fotocopias de la carta de los restaurantes y, a veces, otras actividades que se pueden hacer por la zona), decidimos que estamos demasiado cansados.
Calentamos algo de te, que viene incluido en todas las habitaciones (por cierto, en los moteles también nos han dado una botellita de leche… entera -”full cream” o “real milk” según algunos- o semi, a elegir) y lo acompañamos de un sandwitch. Dejamos suficiente para mañana, que toca hacer ruta por el parque natural de Abel Tasman.
La noche queda muy despejada, las estrellas son impresionantes ya que apenas hay luces en el pueblo. ¡Pero hace un frio que pela!