Motueka – Abel Tasman

Hoy no había ganas de levantarse. El Avalon Manor no tiene calefacción central y apagamos la calefacción durante la noche (paranoicos que somos… pero todo está construido en madera y con suelos de moqueta…) así que hoy salir de debajo de las sábanas se pone difícil.

En cualquier caso, hace un día despejado y el sol se empieza a levantar y a colarse por nuestra ventana. Así que nos ponemos en marcha (otra vez, sin desayunar) de camino al parque nacional de Abel Tasman. Pero antes, dos vasos de agua caliente al parabrisas… que tenía una capa de hielo interesante.

El plan es llegar al i-Site (a un par de manzanas) para que nos recomienden una ruta que se pueda hacer en un día (el recorrido por el parque son 3 días de caminata) y luego llegar hasta el parque en coche y lanzarse a andar.

Llegamos al i-Site justo cuando abren (9:00)… ¡pero ya es tarde! Nos dicen que ya no podemos llegar a tiempo de subirnos al Water Taxi que nos lleve a las playas, así que nos aconsejan hacer la mitad del primer tramo (son 3 horas, pero hay que volver al coche).

Un poco sorprendidos/decepcionados, nos subimos al coche y vamos al parque de todas formas, esperando poder llegar (por los pelos) al Water Taxi de las 9:30. Son más o menos 15 minutos de camino, y con las carambolas que hemos hecho con los aviones, esperanzas de una más no nos faltan.

De todas formas, esta vez no hay suerte. Ya ha salido la lanchita y no hay más hasta medio día. Sin embargo, el dependiente nos sugiere hacer la ruta al revés… en lugar de ir en barca a Anchorage y volver andando al coche… subir andando a la playa de Anchorage y bajar en el taxi.

Aceptamos, compramos agua para el camino y nos vamos andando al parque, echando pestes del i-Site por no habernos ni siquiera sugerido la opción. Mientas vamos al parque, vemos que hay otra compañía de taxis acuáticos que ofrece “más horarios, más viajes, más libertad”… no paramos a mirar, pero seguimos destripando a las chicas del i-Site por no habernos comentado que hay más de una forma de llegar…

En el aparcamiento de parque de Abel Tasman empezamos el desayuno con unos “ladrillos” de chocolate que nos regalaron en el Tui Lodge. En el ratito que tardamos en sacarlos de mi mochila y empezar a mordisquearlos, estábamos rodeados de Fantails (pájaros de “cola de abanico”). Son muy confiados… o quizá agresivos… era un poco como estar en la película de Hitchcock…

Nos marchamos sin dejarles ni unas migajas que picotear.

De Abel Tasman no hay mucho que contar… lo mejor es acercase con la mochila al hombro y empezar a caminar.

Es una caminata bonita, incluso en esta época (junio, principios del invierno en NZ). Casi todo el sendero está cubierto por los árboles y helechos, así que en verano parece que será fresco… en invierno la sombra no es tan necesaria… además de que la propia montaña tapa el sol durante buena parte de la mañana.

En las partes más altas, la vegetación cambia y sólo hay arbustos bajos… el cambio ocurre “de golpe”… giras una vuelta del camino y, de repente, no hay árboles. La parte buena es que las vistas son impresionantes…

Además del senderismo puro y duro, hay muchas calitas y playas pequeñas a las que se puede acceder antes de llegar a Anchorage… Nosotros paramos a picotear algo a media mañana en una de ellas. Justo esa playa la había elegido también un grupo de turistas en kayak (otra de las cosas que se pueden hacer en Abel Tasman) así que no pudimos utilizar las mesas y comimos sentados en un tronco arrastrado por el mar (o caído desde la montaña… quien sabe) mientras un par de gaviotas pedían “lo suyo” (no les tocó nada).

No deja de sorprenderme el tamaño de algunas cosas en las islas… encontramos una concha de mejillón que hace por 5 de los de nuestras rías…

Anchorage es una playa bucólica. Yo pensaba que sería algún tipo de pueblo de mar, con un bar para los playistas, un embarcadero para el taxi acuático… pero no, no es nada de eso. Es sólo una playa y un refugio para campistas.

Se pueden pasar dos noches en el refugio de Anchorage, que tiene literas, cocina, duchas y baños, pero llevando una tienda de campaña se pueden pasar otros dos días en cada una de las playas que encuentres… así que da para unas vacaciones hippies bastante exclusivas (de camping por un parque natural, en la misma playa).

Llegamos muy bien de tiempo, comimos con tranquilidad mientras otros paseantes y kayakeros iban llegando.

Cuando el taxi acuático llegó a recogernos no quedó más remedio que meter el pie en el agua para subir a la lancha (¿he dicho que no hay embarcadero?). Pero no es nada comparado con la siguiente playa… es demasiado llana para que las barcas se acerquen a la horilla y hay que andar sus buenos 20 metros por el mar (¡y es invierno!). Si visitáis esta zona, bajaros/subiros al taxi en Anchorage.

El regreso todavía nos guardaba una sorpresa… un tractor con remolque nos esperaba en la playa, metido en la orilla del mar. El Aqua Taxi se colocó encima e hicimos el resto del camino “en lancha” pero por carretera… ¡sorprendente!

Y ya no hubo tiempo para más. Volvimos al Avalon Manor a tiempo de poner una lavadora y secadora y luego irnos a cenar.

El restaurante elegido fue “The Gothic“… que está en una antigua iglesia (de las de aquí, de madera), ya desacralizada. Bien ambientado, comida estupenda y abundante (como siempre) y trato estupendo. La única pega es que no nos dejaron reservar para más tarde de las 19:00 (noche cerrada ya). Todavía no me acostumbro a los horarios de este país.

Al volver, sesión de plancha y a colocarlo todo en la maleta… ¡mañana toca hacer más kilómetros!

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Wellington – Picton – Bleimhein – Nelson – Motueka

Salimos disparados del hotel (hoy tampoco toca desayunar) y nos vamos al ferry… está amaneciendo mientras nos acercamos. Hemos sido demasiado precavidos y llegamos de los primeros. No tenemos problemas para entrar porque los billetes del ferry los compramos junto con el alquiler del coche, así que sólo es enseñarlos y entrar a la terminal. Todavía no se pueden subir los coches (aunque el barco está atracado) así que nos ponemos en fila a esperar.

El amanecer sobre Wellington es precioso, ¡pero hace un frío que pela!

El conductor que se coloca detrás de nosotros tiene más experiencia y se ha traído un humeante vaso de… ¿te? ¿café? Posiblemente sea sólo café aguado del Starbucks, pero aun así me da envidia. Nosotros nos entretenemos comiendo galletas con “chocolate fudge”.

El ferry por dentro está muy bien. Tiene varias plantas con salas organizadas de diferentes formas… nosotros nos vamos a la cafetería “rápida” (hay otra que es más bien un restaurante, con bacon & eggs y todo lo imaginable) que, además, tiene pantalla gigante con los resúmenes del mundial.

Seguimos nuestra costumbre de café y muffin (siguen estando buenísimos, aunque sean comprados en un barco). Lo de pedir café no es tarea fácil… En NZ tienen muchas variedades… creo que va en función de la proporción de café y leche, además del tamaño. Nosotros hemos llegado a nuestra receta… para mi, un Latte y para Paula un Flat White. Hasta dónde yo puedo distinguir, los dos son el “café con leche” de toda la vida, pero el Flat White es más pequeño (algunos Latte son “tamaño piscina”).

Para matar el gusanillo e ir pasando el rato (son 3 horitas de barco), le añadimos unas patatas fritas “salt & vinegar”… Paula está enganchada a ellas.

Otro descubrimiento del viaje son los deportes neocelandeses (creo que se juegan en más sitios, pero en España yo no los había visto). Además del football (que no es el soccer) y el rugby hay otra variante en la que los jugadores son más pequeñitos (no son moles como los All Blacks) y en lugar de una portería en cada extremo, tienen 4 palos verticales. Algún día me enteraré de como se llama…

Pero el que más me ha llamado la atención es una especie de baloncesto femenino. Es muy curioso porque no se puede botar el balón (ni caminar con él, en eso es como el baloncesto) ni robarlo (hay que interceptarlo “al vuelo”). El efecto es que parece un juego de patio de colegio…

Pero no todo es tele.

Todo el barco está acristalado para ver el paisaje, además de tener terrazas exteriores. Será porque casi no uso los barcos, pero a mi me siguen encantando las vistas desde ellos… así que no soy muy objetivo al decir que la partida desde Wellington mientras el sol de invierno va subiendo (hemos tenido la suerte de disfrutar de un día soleado, después de la lluvia de ayer) es impresionante.

¡Pero la entrada en Picton a través de un fiordo es realmente sorprendente! Y eso que los fiordos impresionantes de verdad están mucho más al sur… Empiezo a relamerme pensando en cómo será el crucero por Milford Sound que tenemos dentro de unos días.

Sólo me da pena no haber visto un solo “bicho”. Ni delfines, ni pingüinos, ni ballenas, ni focas… sólo algunos pájaros (gaviotas, para quitarle más emoción). Yo tenían en mi mente una versión idílica de NZ como paraíso natural… pero no. No salen delfines a saludarte ni nadan junto al barco.

En Picton no paramos…. bajamos del ferry y nos fuimos camino a Blenheim, dónde hay un fábrica artesanal de chocolates que permite ver cómo los preparan (Manaka Confections).

Cuando llegamos, el efecto es sorprendente. Desde luego no es “una fábrica” tal como estamos acostumbrados… es una casita pequeña, más bien una tienda… dividida en dos por una mampara de cristal. A un lado, dos personas preparan albaricoques secos bañados en chocolate… y sí, es totalmente artesanal: mientras una los sumerge en chocolate líquido, la otra monta las cajas de cartón en las que se venden y los va colocando dentro. Al otro lado, un mostrador y estanterías llenas de los productos que preparan allí.

Llevados por los efectos adictivos del chocolate y las muestras gratuitas, nos llevamos medio kilo de chocolates variados, prometiéndonos probarlos esta misma tarde (sin embargo, todavía están sin abrir en mi equipaje de mano mientras volamos de vuelta hacia Londres).

Atravesamos Malborough en nuestra ruta hacia Picton. Aunque no paramos por aquí, es terreno de viñedos y bodegas. Muchos de los vinos de NZ se producen en este zona extrañamente plana, así que los catadores y aficionados quizá quieran planear una parada por aquí. Hay varias bodegas señalizadas en las carreteras principales, así que incluso debería ser fácil hacer una parada sobre la marcha.

De Malborough nos llevamos de recuerdo un “chinazo” en todo el cristal.

Un camión que venía de frente nos lanzó una piedra del tamaño de una pelota de golf y nos dejó un crater en el cristal. Aviso a conductores, muchas (casi todas) las carreteras tienen grava en la calzada y saltan piedrecitas cada vez que te cruzas con otro coche… recomendable la extensión del seguro para quitar la franquicia y ganar en “peace of mind” (nosotros la tenemos contratada).

Por suerte, es la parte baja y el cristal aguantó bastante bien… hemos decidido no avisar a nadie y seguir la marcha, Por un lado, no molesta para conducir. Por otro, nos da miedo que meternos en reparaciones nos retrase y tengamos que reorganizar el resto del viaje.

Anécdota sobre cristales: en la TV de Nueva Zelanda también tienen el anuncio de “Carglass cambia, Carglass repara”, pero aquí lo cantan como “Smith&Smith changes, Smith&Smith repairs” y usan actores diferentes (el anuncio en si es el mismo).

Camino a Nelson vemos los carteles de “cuidado, pingüinos”. Al parecer la zona anterior a Nelson está habitada por el pingüino azul… el más pequeño y que sólo se encuentra en Nueva Zelanda. No vemos ninguno, pero tampoco paramos en las playas de rocas… se ha levantado viento y las olas rompen con fuerza.

Por cierto, aprovecho para hacer una nota sobre las carreteras de Nueva Zelanda… algunas son criminales. El acceso a Nelson fue la primera “pista” de lo que nos quedaba por ver…

Tampoco entramos en Nelson. No es un viaje de ver pueblos (quizá allí los llamen ciudades, pero són sólo “aglomeraciones” de casitas de una sola planta).

En lugar de ello, nos vamos al Founders Heritage Park.

El Founders (como lo llaman para abreviar) es una reconstrucción de la “antigua Nelson”, de los tiempos de la colonización. Funciona sobre todo por voluntariado y “rescatan” edificios antiguos que van a ser demolidos y los transportan hasta el parque. Hay de todo… desde la oficina de correos y el banco al dentista.

Algunos de los edificios se alquilan como comercios… por ejemplo, la cervecería en la que comimos y que, además, produce su propia cerveza (artesanal, ecológica y etc…). En la parte de atrás se puede ver todo el “tinglao” con el que producen la cerveza… que no está mala, aunque no sea un catador experto. Por cierto, aquí a la cerveza apenas le ponen espuma… y la que ponen se deshace muy rápidamente.

Llegamos a Motueka a punto de oscurecer y nos vamos directos al Avalon Manor Motel. Tenemos una habitación grandota en una planta alta (hay que subir las maletas por las escaleras, pero al menos no pasa gente por delante de nuestra ventana).

La señora que nos atiende es muy parlanchina y, como el rey, campechana. Como los datos de la tarjeta de crédito que apuntó durante el check-in no eran correctos, nos dio un grito mientras mirábamos los paisajes desde el balcón (con 2 plantas, creo que estábamos en uno de los edificios más altos de Motueka) e intercambiamos la fecha de caducidad de la Visa a voces (la señora ya es mayor…).

Tras fantasear un rato con ir a cenar fuera mientras miramos las cartas de los restaurantes cercanos (algo habitual en los hoteles “de pueblo” neocelandeses.. tienen un dossier con fotocopias de la carta de los restaurantes y, a veces, otras actividades que se pueden hacer por la zona), decidimos que estamos demasiado cansados.

Calentamos algo de te, que viene incluido en todas las habitaciones (por cierto, en los moteles también nos han dado una botellita de leche… entera -“full cream” o “real milk” según algunos- o semi, a elegir) y lo acompañamos de un sandwitch. Dejamos suficiente para mañana, que toca hacer ruta por el parque natural de Abel Tasman.

La noche queda muy despejada, las estrellas son impresionantes ya que apenas hay luces en el pueblo. ¡Pero hace un frio que pela!

Turangi – Levin – Wellington

Nos levantamos con alegría para disfrutar del desayuno en el Tui Lodge y nos llevamos la sorpresa de que Ian nos ofreció desayunar trucha. Por la forma en la que lo dijo (necesitamos a Frances para “traducirnos”) intuyo que no debía ser algo legal…

Desayuno pantagruélico como pocos. No sólo tuvimos nuestro desayuno continental con cereales, macedonia, tostadas, mermelada, mantequilla, café… si no también el desayuno “cooked” con sus huevos y bacon. Y claro, encima de todo esto, la trucha… a repetir.

Ah! Y al salir nos llevamos la sorpresa de que nos hicieron un 25% de descuento por temporada baja…

Con el estómago lleno y más ganas de volver a la cama o tirarse a hacer la digestión que de conducir, nos subimos al coche rumbo a Wellington.

El día no acompañó… hoy tocaba hacer la ruta alrededor del famoso “Mount Doom” (o “Monte del Destino”) que usaron para la película de “El Señor de los Anillos”. Pero debido al mal tiempo, tomamos el atajo de ir por la Desert Road esperando poder tener alguna vista lejana… pero no. Ni eso. Demasiadas nubes… y nieve.

La Desert Road se llama así por estar deshabitada (o casi). Al principio de la carretera hay señales que advierten de que no vas a encontrar gasolineras a corto plazo :-). Desde luego no es el típico desierto que tenemos en mente… nada de arena ni rocas. En realidad, tiene incluso vegetación… arbustos, básicamente, pero no pocos.

Para comer paramos en Levin y paseamos un rato por él. No es un pueblo destacable, pero cae a mitad de camino hacia Wellington, así que es un buen lugar para buscar un sitio dónde comer.

Al llegar a Wellington, y aunque estaba lloviendo, tras el check-in en el Rydges nos fuimos a dar un pequeño paseo por la ciudad. Bajamos hasta la “calle de las compras”, aunque todo estaba cerrado (hoy es domingo).

Aquí fue la primera vez que vimos una idea estupenda de los neocelandeses: hacer las calles comerciales “semicubiertas” (tipo soportales) y poner los carteles de las tiendas perpendiculares a la fachada… ¡para comprar sin mojarte y poder ver las tiendas que te quedan por delante!

Paramos a comer en un restaurante “aleatorio” pero que fue muy agradable: el General Practitioner, que está en una casa de tipo victoriano. El restaurante está en la planta alta (la baja es tipo pub irlandés, aunque también se puede comer allí). La comida, muy rica y abundante al estilo de NZ… hasta que revientes (como ejemplo, yo pedí cordero y me dieron la pata entera… cubierta con hojaldre y sumergida en salsa).

Mañana toca cruzar a la isla de sur en el ferry hacia Picton y nos han dicho que conviene estar pronto… así que nos vamos a la cama sin rechistar. Por cierto, los tiempos que marca Google Maps hasta el ferry son exageradamente altos.

Rotorua – Taupo – Turangi

Hoy toca ponerse en ruta temprano (bueno, todos los días toca eso). Salimos del hotel sin desayunar, que para algo nos hemos comprado ayer las galletas y otras ‘chuches’.

La primera parada es el bosque de Whakarewarewa… es un bosque ‘artificial’ (con árboles traídos de fuera de NZ) de tamaño descomunal. Entre otras cosas, hay sequoias… con ‘sólo’ 200 años ya tienen un tamaño impresionante. Está muy cerquita de Rotorua, así que merece la pena acercarse o hacer una parada.

El bosque es tan denso que apenas entra la luz del sol… y así han quedado las fotos, que ni se ven los árboles :-).

En Whakarewarewa nos hacemos una ruta circular cortita… de más o menos una hora, pero con algún tramo bastante empinado. La ruta llega hasta un mirador y baja de nuevo al aparcamiento (porque sí, señores, todo en NZ tiene un cómodo aparcamiento para dejar el coche y un centro de visitantes para informarse -aunque, en este caso, estaba todavía cerrado… así de madrugadores somos).

El bosque tiene un toque primitivo… sobre todo por los enormes helechos (“fern”) con forma de palmera. Hay varios tipos de helecho, pero el que aparece en todas las tiendas de souvenirs, camisetas, logotipos de empresas (y de los ‘All Blacks’) es el silver fern. No es difícil de encontrar ni de identificar, incluso para unos ‘botanic dummies’ como nosotros: la parte de arriba de la hoja es verde, como todas, pero el reverso tiene un tono plateado. Por eso los maorís lo usaban para señalar el camino de regreso al poblado cuando oscurecía… simplemente iban arrancando hojas de helecho y dejándolas en el suelo del revés… como si fuesen miguitas de pan y ellos unos Hansel y Gretel.

La anécdota del día fue un ‘lemur’ que nos encontramos tirado en mitad del sendero. Primero nos asustó ver semejante bicho. Luego nos hizo gracia y le sacamos fotos. Al final, dedujimos que no era un lemur, si no un ‘possum’ (zarigüella) y que el pobre estaba moribundo. Y es que por aquí no los aprecian demasiado… los consideran una plaga llegada de Australia y tienen NZ llena de trampas contra ellos.

Desde el bosque nos fuimos al Wai-O-Tapu, otro parque termal mucho más grande que el de Te Puia y bastante diferente.

Llegamos con el tiempo justo de ver en acción el geiser Lady Knox (todos los días “entra en erupción” a las 10:15… al parecer le añaden algún tipo de jabón para provocar el espectáculo). Esto es gratis -es decir, nadie pide tickets de entrada-, aunque el acceso no está señalizando y la ruta se transmite “por tradición oral” cuando compras la entrada al Wai-O-Tapu.

La verdad es que, después de ver el Prince of Wales en Te Puia, este tampoco impresiona mucho… es un surtidor aislado rodeado de un anfiteatro. Nada que ver con Te Puia, dónde el geiser está en una cascada de aguas sulfurosas y con nubes de vapor rodeándolo… La ventaja es que el Lady Knox es predecible… nosotros vimos el Prince of Wales lanzando chorros de agua continuamente cada pocos segundos, pero el Pohutu -que normalmente estalla al mismo tiempo- se quedó dormido.

Lo bonito, y muy impresionante, es el parque de Wai-O-Tapu. Hay tres rutas, cada cual mayor que la anterior para ver el parque… la más larga dura (creo) 1 hora y media… aunque nosotros la hicimos en 3 horas… ¡así somos!

No es una caminata difícil, pero está llena de cosas curiosas… cráteres humeantes, piscinas de lodo burbujeante, lagos con aceite flotando, piscinas con orillas coloreadas por los minerales que arrastra el agua hirviendo, terrazas originadas por las últimas erupciones (si, estuvimos caminando sobre un volcán activo… el mismo crater en el que está construido Rotorua) y sobre las que corre una fina capa de agua…

Casi cierran el parque con nosotros dentro. Bueno, no tanto… pero nos entretuvimos bien. Las fotografías de la Champagne Pool nos llevaron lo nuestro, porque el viento traía todos los vapores sobre nosotros. Y al final nos encontramos con la Laguna Verde… y, cómo todo el mundo sabe, es el color favorito de Paula…

De ahí nos pusimos camino a Taupo. Por el camino descubrimos las Huka Falls… unas cascadas no muy altas pero impresionantes por la fuerza del agua, que ha excavado un pequeño cañón y por el color azul de las aguas. Para los que vayan con más tiempo, hay excursiones en AquaJet que suben por el rio hasta las cascadas… aunque no sé muy bien desde dónde…

Taupo es una ciudad muy ‘curriña’ construida a la orilla del lago del mismo nombre. Al contrario que muchos otros pueblos que hemos atravesado y atravesaremos, es algo más que una sucesión de casas a la orilla de la ‘highway’ (ejem, en España… carretera nacional… ¡y gracias!).

Una calle muy interesante está hacia la mitad del pueblo. Tiene varios restaurantes y tiendas de invierno (muy útiles… nosotros nos compramos guantes, que los habíamos olvidado en Madrid). Parece ser que es una ‘base de operaciones’ para la gente que va a esquiar por esa zona… Lástima no tener tiempo.

Comimos en la misma calle, en un restaurante-delicatessen llamado Salute… Aunque llegamos demasiado tarde para tomar comida a la carta, los platos preparados no estaban malos. Paula probó una Pasta con Chorizo (aquí les va mucho el chorizo… escrito igual pero hecho muy distinto… parece más bien una salchicha). Yo tomé algún tipo de sandwich.

En cuanto a la parte “delicatessen”, la tienda tenía productos selectos de importación como aceite de oliva (español y no), además de productos ecológicos neocelandeses. Nosotros compramos, para hacer la prueba, unas patatas fritas hechas a mano por un tal Larry…

Bordeando el lago llegamos a nuestro hotel (bed & breakfast, en realidad)… el Tui Lodge.

La pareja que lo lleva resultó ser muy maja y nos contó mil cosas sobre la pesca de la trucha. Ian (el marido) se dedica a ser guía de pesca, así que sabe un montón. También pinta cuadros… nosotros le felicitamos, pero fue más que nada para quedar bien… aunque malos no eran. Ella (Frances) parecía una pobre esposa resignada… cambiaron su estilo de vida de granjeros en la costa a dueños de un Bed&Breakfast y guías de pesca en el interior porque la pesca es la pasión de Ian y “le afectó la crisis de la mediana edad”, según Frances.

La casa es curriña, con dos livingrooms separados: uno para invitados y otro para la familia y los desayunos. En la parte de atrás tiene un jardín/huerto grandote y bien cuidado… Además, por estar de luna de miel, en nuestra habitación teníamos un vino espumoso, copas y “ladrillos” de chocolate (que buenos estaban, por cierto).

Por cierto, para los que le guste la pesca… el río está cruzando la carretera y “tiene la mejor temperatura para la trucha”.

Para cenar, nos fuimos al restaurante del Parklands Motor Lodge (que está doblando la esquina… pero qué esquinas). Nada que destacar sobre la comida…cosas rápidas, todo muy frito… A mi me sirvió para aprender que todo lo “mashed & fried” es “estilo croqueta” y no volver a pedirlo nunca más (huid del seafood basket, aunque sea un plato fijo de la carta…).

Rotorua y Te Puia

Lo primero que hay que decir de Rotorua es que huele, y mucho, a huevos podridos. Aunque nos hemos pasado dos días no hemos sido capaces de acostumbrarnos al olor. La razón de que huela tan ‘característico’ es que estamos en plena zona volcánica activa y mires a donde mires ves enormes columnas de gases (vapor de agua, sulfuro…) saliendo de la tierra. Por supuesto tiene su parte buena y es que en Rotorua se encuentra uno de los diez mejores SPAs del mundo…no podíamos irnos sin probarlo!!!!!

El Polynesian Spa queda a orillas del lago Rotorua y las piscinas termales miran directamente al lago. Las hay a diferentes temperaturas, desde los 36 grados para ir “tomando contacto” hasta los 42 (que ya cuesta meterse, pero salir todavía es más difícil).

Como llegamos sin reserva previa, sólo pudimos darnos un chapuzón en la primera piscina antes de prepararnos para nuestros masajes. Para Abel, media hora de masaje con miel. Para mi, con lodos volcánicos. ¡Fabuloso!

Después del masaje, vuelta a las piscinas… sin límite de tiempo. A mitad del recorrido empezó a llover, pero la lluvia se tolera muy bien metidos hasta el cuello en agua termal a más de 40 grados.

Muffin del Polynesian Spa

Para rematar la sesión de “cuidados personales”, un desayuno rápido (vaya muffins que preparan aquí… no los hemos probado iguales) y a hacer unas compras rápidas al super… ¡hay que cargarse de chucherías para los cientos de quilómetros que nos quedan por recorrer! Y, de paso, un paraguas… que no nos hizo falta al salir, pero sí más adelante. Así de cambiante es el clima de Junio en NZ.

Siguiente parada: Te Puia.

Te Puia es una recreación de una aldea maorí que da acceso a las principales “atracciones volcánicas” de la zona… varios geisers y piscinas de lodo burbujeante a lo largo de una ruta.

Agua, vapor y azufre - 6

También hacen espectáculos tradicionales maorís (canciones, baile y haka -una especie de danza de la guerra-). Hay una “kiwi house” dónde viven un par de kiwis (pájaros). Sólo pudimos ver uno y, como la casa está a oscuras porque los kiwis son aves nocturnas, no tenemos fotos.

Baile maorí - 04

Durante la visita a Te Puia tuvimos una guía maorí super-maja. Casi nos da un tour privado y hasta nos enseñó a hacer las faldas maorís y el típico saludo ‘Kia ora’.

Tras esta primera incursión en la cultura maorí, nos fuimos a un hangi con espectáculo tradicional. El hangi no es otra cosa que el horno maorí… un agujero en la tierra dónde se calientan piedras y se echa la comida. Luego se tapa y se espera a que esté listo.

Rico, rico...

Los espectáculos maorís son… eso: espectaculares. Los pobres “bailarines” quedan con el cuerpo marcado después de practicar la haka (la danza de guerra) a base de darse palmadas por todo el cuerpo. Como nota curiosa, uno de los bailarines “repetía” sesión… ya lo habíamos visto en Te Puia.

En cuanto a la comida… no es nada del otro mundo (pollo, cordero y verduras). Como las mesas son compartidas, es posible que la noche sea animada… o no. En nuestro caso, tuvimos mala suerte. Nadie de la mesa intentó hablar con el resto (en parte porque cada uno teníamos nuestro idioma… nosotros el español, dos francesas, una pareja de algún lugar de asia…).

Vuelta al hotel y a prepararse para nuestra primera caminata…

Auckland – Rotorua

Aunque no estaba incluido en el precio de la habitación, no nos cortamos en disfrutar del desayuno buffet del hotel, que bien lo merece… Tiene muchos ingredientes “extraños”, como frutas (y zumos) desconocidos para mi, además de muchas variedades de cereales, panes, mermeladas… y honeycomb: miel para untar que no se ha centrifugado y conserva parte del panal del que se ha sacado.

Quesos neocelandeses y tostada con miel de panal

Pedimos que nos traigan el coche a la puerta (¡me siento importante!), configuramos el GPS para que nos lleve a Waitomo y nos ponemos en marcha.

En ruta por la highway

Visitamos el museo (el GPS no nos indica del todo bien la dirección y tardamos algún tiempo en encontrarlo… al ir en dirección contraria) y las cuevas de Waitomo, con sus glow worms. Nos llevan en furgoneta desde el museo a la primera de las cuevas (una chica muy maja que no sabía dónde estaba España).

La cueva tiene algunas formaciones interesantes y es bonita. Como somos los únicos, tenemos una visita personalizada y charlamos con la guía de otras cuevas en España y de otros temas no relacionados… Vamos, que lo pasamos bien :-).

Cortina en la Cueva Ruakuri

Lo más destacable de la cueva es el arroyo que la atraviesa y por el que se puede bajar, a oscuras, contratando otra actividad diferente. Cerca del arroyo también vemos algunos “glow worms”… bichos que, como las luciérnagas, brillan en la oscuridad… pero son una cosa diferente. El brillo lo generan las larvas para atraer a sus víctimas hasta los pegajosos hilos que tienden como cañas de pescar. Cuando han comido lo suficiente, la larva se transforma en mosca para aparearse… pero como la mosca no tiene boca, al final muere de hambre.

Para la segunda cueva (la guía nos lleva en la furgoneta hasta la entrada) nos atiende una guía maorí que tenía cierto aire de “controladora” (¿quizá era la jefa o encargada?). La segunda cueva era menos espectacular pero tenia más glow worms (nos tumbamos en una barca y “navegamos” por debajo de ellos).

Comemos en un “pub” al lado del museo… aunque esperábamos un “fast food” propio de zona de turistas, tenía más aspecto de pub para la gente de la zona. Al entrar había un cartel pidiendo que dejásemos el calzado sucio fuera… y dos pares botas de goma tan llenas de barro que costaba reconocer lo que eran.

Aquí tomamos los tradicionales “fish and chips” y una hamburguesa… los dos platos de tamaño prehistórico.

Sin darnos cuenta, se nos hizo de noche. Aquí a las 17:00 ya empieza a oscurecer… así que llegamos al hotel hechos polvo y ya ni cenamos.

Auckland

Salimos del aeropuerto sin las maletas y llamamos a Apex Rentals (la compañía en la que alquilamos el coche) para que nos recojan. No tienen oficina en el aeropuerto pero sí que tienen un “shuttle” que nos lleva a sus oficinas.

Nos lleva una chica muy agradable y nos llevamos el coche sin problemas. Eso si, les sorprende que cojamos las cadenas de nieve sin ir a esquiar… pero es que después de las nevadas de este invierno en España que cerraron la autovía A6, ya somos un poco paranoicos. No me gustaría quedarme atrapado en NZ sin comida, sin cobertura y esperando a que alguien me encuentre…

El coche es un Toyota Camry con cambio automático y amplio como un camión. ¡Ah! Tambien alquilamos el GPS.

Nuestro coche de alquiler

Me toca conducir a mi y al principio se me hace complicado. Creo que es el coche más grande que he conducido, todo está al revés y el cambio automático y yo no nos entendemos bien (tengo tendencia a pisar el freno a fondo como si fuese el embrague).

Lo primero que me encuentro al salir de Apex es una incorporación y una rotonda (como aquí se conduce por la izquierda, en las rotondas se gira al revés que en España). Creo que es lo más difícil que te puede tocar hacer cuando conduces por el lado contrario… así que ha sido un buen entrenamiento.

Llegamos al hotel sin problemas siguiendo las indicaciones del GPS. Se hace difícil conducir a 100km/h por una autovía, pero “a dónde fueres, haz lo que vieres”.

La zona del hotel es céntrica, con edificios de oficinas pero poco sitio para aparcar. Así que contratamos el servicio de “vallet parking”: metemos el coche en el hotel y le damos las llaves a un conserje para que nos lo aparque. Primera vez en mi vida, pero mola. Sólo cuesta unos pocos dólares más (1-2 euros) que dejarlo en el parking, así que…

Anochece en el hotel

Cuando acabamos de acomodarnos es hora de cenar. Decidimos no esperar por las maletas, avisamos en recepción y bajamos al puerto a buscar un restaurante.

La verdad es que no es difícil. Los hay a cientos. Al final decidimos no entrar en el que ofrece “live spanish guitar”, pero entramos en el Euro bar.

Es un restaurante “chic” dónde nos llenan los vasos con agua de glaciar, hay velitas en las mesas y nos recitan la carta (sugerencias del chef incluidas). Nos decidimos por un risoto de salmón para mi y un filete (filetazo) de atún para Paula. Impresionante, aunque ya está oscuro (desde hace un buen rato… aquí el sol se pone sobre las 17:00) y con el jet lag somos como pajarillos… quedándonos dormidos sobre la comida.

Filetes de Salmon

Cuando llegamos al hotel (andando, aunque nuestro camarero se ofreció a llamar a un taxi) las maletas todavía no han llegado y en el teléfono de atención del aeropuerto no contesta nadie. Tras algunos intentos, la grabación telefónica me dice que nuestras maletas están localizadas y en camino… aunque no dice cuando llegarán (ya pasan -y bien- de las 18:00).

Paula se queda dormida (por suerte llevábamos algo de ropa -mia- en el equipaje de mano) y yo decido esperar un poco más por si acaso (aunque me quedo dormido en una silla). Finalmente, llaman de recepción: ¡¡Han llegado las maletas!! Y sólo son las 20:00…